jueves, 9 de enero de 2014

Molido, Prensado.


Molido, Prensado.



El relato de los evangelios nos presenta a Jesús en las instancias finales de su ministerio, en un cuadro con sabor a debilidad, Solo, en crisis y angustiado, se arrodilla en el suelo húmedo  de un huerto solitario y ruega a sus amigos que lo conforten en oración. Suda gotas de sangre; el alma se le arruga como un pañuelo; el pecho se comprime y con un nudo en la garganta exclama: “Padre, si es posible, pasa de mí esta copa amarga.” La palabra “Getsemaní” significa prensa de aceite, y en aquel huerto de olivares había muchas, formada con grandes y firmes palos en un extremo y en el otro, pesas. A mayor peso, mayor presión; allí se disponían bandejas con aceitunas y comenzaba  la prensada. Es en este contexto que el evangelista Lucas en el capítulo 22:44 relata, “Y estando en agonía, oraba más intensamente.” Nadie le ayudó. Nos asombra verle en sus inicios y hallarle igual, solo indefenso, necesitando ser asistido por sus padres José y María, con un establo como único paisaje y animales como simples espectadores del milagro de amor más grande de la historia. Creo que tanto al nacer como al despedirse nos trasmitió la misma lección: “No dudes en buscar socorro cuando te encuentres en necesidad, aunque para eso debas mostrarte vulnerable ¿Cuál es problema? ¿ y que si te notan triste, débil y necesitado? ¿Qué es lo vergonzoso?  Te van a llevar al huerto, te lo aseguro, como lo hiciera aquel jueves por la noche con sus discípulos. Ese lugar de soledad, incomprensión y desamparo que Él pisó antes que tú. Cuando te encuentres en tu huerto, en tu prensa, llegarás a exclamar lo que Él: “que pases de mí esta copa, pero que no se haga mí voluntad, si no la tuya.” Lo que debe ser prensado en tu voluntad, tal vez tus planes, tu “imagen”, tus sueños. Aceptación y entrega incondicional a su designio, será el aceite más puro que encenderá la lámpara de la verdadera adoración a Dios, que el padre está buscando. Si no, seguirá siendo pura religión de apariencias.


Aun en su despedida nos dejó una lección.

Él se mostró frágil y no tuvo vergüenza de hacerlo


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